"Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo ya aquí en la tierra la victoria sobre el enemigo y sobretodo a la hora de la muerte, Yo mismo la defenderé como a mi propia gloria... Ofrezco a los hombres el vaso con el que han de venir a recoger las gracias a la fuente de la Misericordia".
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Cierto día, dos hombres que se encontraban en un camino, la emprendieron juntos hacia Salamis, la Ciudad de las Columnas. A media tarde llegaron a un ancho río sin puente que lo cruzara. Tenían que nadar o buscar otro camino. Y se dijeron uno al otro: “Nademos, después de todo, el río no es tan ancho”. Y se arrojaron al agua y nadaron.
Y uno de ellos, que siempre había sabido de ríos y va d o s, empezó a cansarse y a ser llevado por las im p etu o sa s aguas; mientras que el otro, que no sabía nadar, cruzó el río y salió al otro lado. Entonces viendo a su compañero luchar con la corriente, se tiró de nuevo al agua y lo llevó a salvo hasta la orilla.
Y el hombre al que la corriente había arrastrado, dijo: “Pero tú me dijiste que no sabías nadar. ¿Cómo entonces, cruzaste el río con tanta seguridad?” Y el segundo hombre respondió. “Amigo mío, ¿ves el cinturón que me c iñ e ? Está lleno de monedas de oro que gané para mi mujer y mis hijos durante un año de trabajo. Es el peso de este cinturón lo que me hizo atravesar el río.
Mi mujer y mis hijos estaban sobre mis hombros mientras nadaba.” Y los dos hombres caminaron juntos hacia Salamis.