domingo, 20 de enero de 2008

::: LA VIRGEN MARÍA ::::





Fray Antonio Corredor, ofm, Director del Secretariado para España del Círculo Mariano de Bendición, en su libro “María en Ejemplos” hace un magnífico resumen de la vida de la Virgen María, según los evangelios y la tradición:

“Los padres de la Virgen fueron San Joaquín y Santa Ana, los cuales, aunque de ascendencia real, vivían en una condición modesta. Se cree que eran vecinos de Nazaret, pero otros afirman que de Jerusalén.

Eran estériles, mas el Ángel del Señor les anunció que tendrían descendencia en su matrimonio.

Y nació una niña a la que pusieron el nombre de María, que quiere decir “muy amada”, “soberana”, “beldad omnipotente”.

Transcurrido el tiempo reglamentario, Santa Ana presentó en el Templo a su hija.

Después, a los tres años, la consagraron sus padres al Señor, y la dejaron con otras jovencitas, al servicio del Templo.

Se educaba esmeradamente y recibía, sobre todo, especial formación religiosa.

Por entonces fallecieron sus padres Joaquín y Ana.

A los catorce años, fue desposada con un varón justo, llamado José, de oficio carpintero, que debía tener, según costumbre entre los judíos, unos dieciocho años de edad.

Los dos habían hecho voto de virginidad y decidieron vivir en Nazaret.

Un día, estando en oración, se aparece a María el Arcángel San Gabriel, y le anuncia que iba a ser Madre de Dios, misterio que se realiza, al pronunciar la Virgen aquellas palabras: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra”.

Visita, después, a su prima Santa Isabel, la cual, al verla, le da la enhorabuena, contestándole María con el maravilloso cántico del “Magníficat”.

En sus sueños, se aparece un Ángel a San José y le disipa las dudas que lo atormentaban sobre el estado de su esposa María.

Según decreto del César, viajan a Belén, para empadronarse, María y José, y allí nace el Niño Jesús, al que Ella atiende y cuida como verdadera madre.

Los pastores avisados por el Ángel, marchan gozosos, a adorar al Mesías.

A los ocho días del nacimiento, celebran la circuncisión, y le ponen por nombre Jesús, que quiere decir Salvador.

Pasados cuarenta días, llevan al Niño al Templo de Jerusalén, para el rito de la purificación y para la presentación del Niño al Señor.

El anciano Simeón profetiza a María que una espada traspasaría su alma de dolor. Sigue la Sagrada Familia viviendo en Belén, y por entonces se realiza la adoración de los Reyes Magos, que ofrecen al Niño - Dios, oro, incienso y mirra.

Huyendo de la persecución de Herodes, José y María se instalan, con el Niño, en Egipto.

A un aviso del Ángel, regresan del exilio, domiciliándose en Nazaret.

A los doce años, Jesús se pierde en Jerusalén, donde al cabo de tres días, le encuentran sus padres en el Templo, sentado entre los Doctores de la Ley.

José y María viven, en Nazaret, dieciocho años más, y Jesús les estaba sujeto.

Muere San José en brazos de Jesús y de María.

Se despide Jesús de su Madre y recibe el bautismo de manos de San Juan Bautista. Madre e Hijo son invitados a las bodas de unos familiares en Caná de Galilea, y obra el Mesías el primer milagro a instancias de su Madre.

María baja a Cafarnaún con Jesús y los parientes.

En Nazaret, intentan arrojar al Señor desde la cima del monte, escena que, según la tradición contempla inquieta, María Santísima.

Durante la vida pública del Salvador, su Madre se mantiene en el silencio.

Es probable que asistiera a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén el domingo de Ramos.

En la calle de la Amargura, se encuentra con su Hijo, nuestro divino Salvador. Sigue tras él hasta la cima del Calvario, y allí asiste a la Crucifixión y permanece tres horas junto a la Cruz.

Oye las palabras de Jesús, señalándole a San Juan: “¡Mujer, he ahí a tu Hijo!”, y dirigiéndose a San Juan: “¡He ahí a tú Madre!”.

Escucha también la última frase del Redentor, poco antes de morir: “¡Todo está consumado!” José y Nicodemo bajan de la Cruz el cuerpo ensangrentado de Jesús y lo colocan sobre las rodillas de la Madre Dolorosa.

Los discípulos conducen el sagrado cuerpo al sepulcro, y los siguen la Virgen y las tres Marías.

El domingo, o sea, al tercer día, resucita Jesús, victorioso, y a la primera persona a quien se aparece es a su Madre, para consolarla.

En el Monte de los Olivos, la Virgen, con los discípulos, asisten a la Ascensión del Señor.

Hallándose los apóstoles en el Cenáculo, con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, reciben al Espíritu Santo, el día de Pentecostés.

Presta ayuda y consuelo a la Iglesia naciente y narra a San Lucas todo lo que éste escribe en su Evangelio sobre el nacimiento y la infancia de Jesús.

Viviendo todavía en carne mortal, se aparece al apóstol Santiago, en Zaragoza, y lo anima a seguir evangelizando a los españoles.

Según la tradición, el Arcángel San Gabriel comunica a María Santísima su inminente extinción terrenal, aunque sin pasar por la corrupción del sepulcro.

Los apóstoles y discípulos de Jesús, esparcidos por el mundo entero, se encuentran prodigiosamente reunidos en la Ciudad Santa y asisten al tránsito y sepelio de la Virgen María.

Se cree que la Virgen vivió sesenta y dos años en este mundo.

Al tercer día, resucitó triunfalmente, siendo asunta al Cielo.

Allí es coronada por la Santísima Trinidad como Reina de la Creación, de los Ángeles y de los Santos.

Y desde allí ejerce su misión de omnipotencia suplicante, de mediadora y dispensadora de las gracias de la Redención”.

El texto de esta entrada, corresponde al libro, María, Reina y señora de Santiago Vanegas Cáceres. Se autoriza la publicación del contenido de este artículo a este sitio web.

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domingo, 13 de enero de 2008

::: ORACIONES :::


CUANDO EL ALMA SE AGITA EN EL TEMOR

“¡Oh Virgen, digna de la veneración del mundo, Madre digna de ser amada del género humano, mujer digna de la admiración de los ángeles! ¡Oh María Santísima, cuya bienaventurada virginidad consagra toda castidad, cuyo parto glorioso salva toda fecundidad! ¡Oh gran Señora, a la que da gracias la alegre asamblea de los justos y junto a la cual se refugia la muchedumbre aterrorizada de los culpables! hacia ti yo pecador, muy pecador por desgracia, corro buscando refugio”. “Es tal temor y el espanto que siento, ¡Oh Señora muy clemente!, que imploro más ardientemente que nunca tu intervención, ya que tú has alimentado en tu seno a aquel que reconcilió el mundo. ¿De dónde esperar con más seguridad un socorro rápido en mis necesidades, más que de ahí de donde ha venido el sacrificio propiciatorio que salvó al mundo? ¿Qué intercesión podrá obtener más fácilmente el perdón de los culpables, como la vuestra?”. “Oh Virgen, de quién ha nacido el Dios hombre para salvar al hombre pecador!, he aquí un hombre, hele aquí en presencia de tu buen Hijo, en presencia de tu buena madre; este pecador se arrepiente, gime e implora. Os conjuro, pues, buen Maestro y buena Señora, tierno Hijo y tierna Madre, os conjuro por esta verdad misma, por esta esperanza muy especial de los pecadores; así como tú eres verdaderamente su hijo y tú verdaderamente su Madre, a fin de salvar al pecador, haced que el pecador, que soy yo, sea absuelto y curado, curado y salvado”.

SÚPLICA A MARÍA


“Ahora me llego a Ti, la única Virgen y Madre de Dios; caigo de rodillas ante Ti, me humillo ante Ti; te suplico que sean borrados mis pecados, que hagas que yo ame la gloria de tu virginidad, que me otorgues también consagrarme a Dios y a Ti: ser esclavo de tu Hijo y tuyo y servir a tu Señor y a Ti. A Jesús como a mi Hacedor, a ti, María, como a Madre de nuestro Hacedor; a él como Señor de las virtudes, a ti como esclava del Señor de todas las cosas; a él como a Dios, a ti como a Madre de Dios, a él como a mi Redentor, a ti como a obra de mi redención. Porque lo que ha obrado en mi redención, lo ha formado en la verdad de tu persona. El que fue hecho mi Redentor fue hecho Hijo tuyo. El que fue precio de mi rescate tomó de tu carne su cuerpo mortal, con el cual suprimirá mi muerte; sacó un cuerpo mortal de tu cuerpo mortal, con el cual borrará mis pecados que cargó sobre sí; tomó de ti un cuerpo sin pecado; tomó de la verdad de tu humilde cuerpo mi naturaleza, que él mismo colocó en la gloria de la mansión celestial sobre los ángeles como mi predecesora a tu reino. Por eso yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo. Por eso tú eres mi señora, porque eres esclava de mi Señor. Por eso yo he sido hecho esclavo, porque tu has sido hecha Madre de mi Hacedor. Te suplico, Virgen Santa, que yo reciba a Jesús de aquel Espíritu de quien tu engendraste a Jesús; que mi alma reciba a Jesús con aquel Espíritu por el cual tu carne recibió al mismo Jesús. Por aquel espíritu que me sea posible conocer a Jesús, por quien te fue posible a ti conocer, concebir y dar a luz a Jesús. Que exprese conceptos humildes y elevados a Jesús en aquel espíritu en quien confiesa que tú eres la esclava del Señor, deseando que se haga en ti según la palabra del ángel. Que ame a Jesús en aquel Espíritu en quién tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo. Que tema a este mismo Jesús tan verdaderamente como verdaderamente él mismo, siendo Dios, es obediente a sus padres”.

El contenido de esta entrada pertenece al libro, Reina, Señora y Madre, de Santiago Vanega Cáceres y con permiso expreso para ser publicado en este sitio.

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